Hacia una propuesta curricular intercultural en un mundo global: De la democracia formal y corrupta a la democracia activa e igualitaria

publicado a la‎(s)‎ 14 abr. 2012 10:01 por Soporte Web   [ actualizado el 11 jun. 2012 19:30 ]

Cuando hablamos de un “mundo global” ponemos de relieve la interconexión que hoy en día existe entre los puntos más alejados del globo terrestre gracias a los modernos medios de comunicación como teléfonos celulares, televisión e Internet, pero también aludimos al hecho de que el mundo entero se está haciendo un mercado único en el cual se desplazan los capitales financieros libremente y se enfrentan los actores económicos, cada uno contra todos, en una competencia generalizada, “mundializada”.

Pero la expresión “mundo global”, afirmada con un sentido positivo que nos invita a adherir a todos, sólo evoca una cara de la realidad —las diversas relaciones de todos con todos en el mundo de hoy—, mas no dice nada de la naturaleza de estas relaciones, no quiere evocar ni la jerarquía, ni la desigualdad que caracterizan estas relaciones. Hablar positivamente de un “mundo global” es olvidar que las relaciones dentro de ello son relaciones de dominación/sumisión política, de desigualdad económica y de injusticia sociocultural.

Existen sectores sociales sin peso en las decisiones políticas que sobre ellos repercuten, y abrumados por la propaganda económica que crea siempre nuevas necesidades de cuyas satisfacciones están excluidos, y que, a menudo, no logran satisfacer sus mínimas necesidades básicas, mientras que otros sectores —las empresas nacionales y transnacionales— van aumentando sus beneficios a tal punto que no los pueden ya invertir en nuevos procesos productivos y se resignan a distribuirlos entre sus accionistas.

Los sectores sociales dominados sufren además de la depreciación de sus valores socioculturales por el modelo civilizatorio dominante —consumerista, oportunista, individualista, sexista, antagonista y hasta violento— que propagan las películas norteamericanas vía la televisión en el mundo entero y que la élites nacionales han hecho suyo convirtiéndose en los propagadores de la ideología dominante en cada país.

La ley del más fuerte reina —veamos los ejemplos de Irak, de Chechenia y de Palestina—, pero al público de todos los países se distrae con discursos, charlas, debates que alimentan su ilusión o aspiración de participar en un orden democrático. Se olvida, o se quiere ocultar, que la mundialización de las fuerzas económicas consiste en la imposición de un orden, y no en su aceptación democrática, pues los actores que manejan estas fuerzas —los directivos de las compañías transnacionales y de las instituciones financieras internacionales (BID, Fondo Monetario, etc.)— no son democráticamente elegidos, en cambio, tienen los recursos para influir en los responsables políticos nacionales, los que, sí, han sido democráticamente elegidos, para que tomen las decisiones favorables a la expansión de sus empresas y el capital internacional.

Por esta razón, vemos diariamente que nuestros representantes no cumplen con su mandato electoral, que les ha hecho ganar sus votos, sino se inclinan hacia las decisiones que más ingresos y “honorabilidad” ideológica les procuran, traicionando así a sus electores. El capital internacional ha demostrado tener la fuerza suficiente para intervenir y manejar tanto a los responsables políticos como a las sociedades nacionales en función de sus intereses de expansión y enriquecimiento. Directamente, por los favores distribuidos a las clases políticas y eventuales líderes populares; e indirectamente por el control de los medios de comunicación, la propaganda y la publicidad.

Desde luego, en la democracia moderna, la corrupción no es un conjunto de casos aislados, sino el modo de gobierno —el modo de ejercicio del poder— transnacional, activado por las grandes empresas e instituciones financieras internacionales, que domina a los políticos nacionales (cual sea su nivel jerárquico: desde el presidente y los diputados hasta los jefes de proyectos de desarrollo) y los vuelve obedientes a los intereses económicos exteriores en desmedro de la voluntad popular expresada por el voto u opacada por los discursos dominantes.

El voto mismo aparece entonces como un mecanismo social insuficiente para asegurar, no sólo la expresión de una voluntad popular, sino también la ejecución de esta voluntad. Las elecciones, que se realizan mayormente cada 4 años, aparecen más como la firma de un cheque en blanco entregado a los diputados y gobernantes que como una fuerza realmente orientadora y controladora de la política nacional. De ahí resulta que, en caso de incumplimiento de promesas electorales demasiado flagrante, a los electores no les queda otra alternativa para hacer valer su voluntad que salir a la calle y protestar (cfr. Arquipa, Bolivia, Ecuador) u organizar reuniones políticas alternativas (vg. los Foros Sociales Internacionales y Nacionales).

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